28 nov. 2011

El horror de maltratar a nuestros hijos

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Dañar o agredir a la prole cuando aún no ha completado su desarrollo hacia la adultez es una práctica que casi se encuentra sólo en el ser humano. Cuando se ven casos de agresión de padres a hijos en otras especies, generalmente se encuentran razones que permiten entender que finalmente la naturaleza opera según un orden, a veces cruel, pero fácilmente comprensible. En el caso del ser humano esto es más complicado, ya que las razones que encontramos nos remiten directamente a la psicopatología y no a un orden natural.


Aquí sólo voy a tratar de poner énfasis en un sólo punto ligado al maltrato que pueden sufrir los niños y adolescentes por parte de sus padres. Éste punto tiene que ver con el rompimiento de un orden natural para ceder a una humanidad trastocada por la enfermedad y por el horror que no debería ser.

Se supone que en la generalidad de animales superiores, como lo es el ser humano, el padre y/o la madre, son sujetos que no sólo traen al mundo a su criatura, sino que justamente son llamadas por su propia naturaleza a cuidarla, protegerla, alimentarla y prepararla para la adultez.

Cuando se trata del maltrato físico o psicológico de parte de los padres a sus propios hijos es necesario comprender que en dichas situaciones se quiebran, se destruyen estos supuestos naturales, especialmente el que llama a cualquier padre (hasta a la madre de un perro o del ganado) a proteger a su criatura.


Cuando un padre o una madre empieza a golpear, a insultar, a humillar a su hijo o hija, a abusar de él o ella, en la mente de ese niño o niña se está destruyendo ese supuesto. Su padre o su madre se transforma dolorosamente, incomprensiblemente, de la figura que supuestamente debería protegerla, a la figura que utiliza su poder para hacerle daño. El orden de las cosas se trastoca, la vida se convierte en una amenaza, el amor se mezcla con el odio y el resentimiento, se empieza a crecer con la certeza insana de que la amenaza más cercana, de que el daño más probable que podamos recibir, proviene de nuestros propios padres y de que nadie puede protegernos de eso como lo podría hacer justamente el papá o la mamá de cualquier animal.

Esta es sólo una de las muchas razones por las que es necesario desterrar de los hogares la práctica de maltratar física o psicológicamente a los hijos. En futuras entradas desarrollaremos más de estas razones.


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Diego Fernández Castillo
Psicólogo - psicoterapeuta
diego.fernandezc@pucp.edu.pe

14 nov. 2011

Una pareja y su bebé

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No sin razón muchas personas suelen decir que la llegada de un bebé cambia por completo la vida de una pareja. La vida de aquellas dos personas, especialmente si la pareja se mantiene junta y se hace cargo de su hijo, ya no volverá a ser la misma. Este cambio tan radical, lógicamente, puede generar miedo. Uno de los temores que pueden aparecer en los papás tiene que ver con la posibilidad de que la relación de pareja deje de ser la misma, se deteriore o sufra una transformación no deseada. Este temor puede aparecer más fuerte mientras más placentera haya sido la etapa anterior a la paternidad.

Temores fundados

Lamentablemente, muchísimas veces este temor se hace realidad. El bebé mantiene ocupados a los papás, especialmente a la mamá, y uno de ellos o ambos pueden llegar a olvidarse la mayor parte del tiempo de que tienen una pareja y que con ella hay una relación que no se limita solamente a su rol de padres. Los papás pueden sentir celos de su propio bebé, que la vida cambió para mal, que la pareja se olvidó de uno.

Cuando esto se mantiene en el mediano o largo plazo, la relación entre la pareja puede verse afectada negativamente, y esto lógicamente afectará a la larga a la familia y al mismo niño más adelante. Por eso, es útil pensar la forma de salvaguardar la vida de pareja. Es verdad que ahora son tres, pero eso no quita que sigan siendo una pareja de a dos.

Seguir siendo una pareja

Para mantener viva la relación de pareja y preservar lo mejor posible lo placentero de la etapa anterior, pueden buscar una cantidad razonable de momentos en los que juntos hagan una pausa de su vida de padres y se dediquen a disfrutar de su vida de pareja.

Intenten establecer esos momentos como parte de su rutina semanal. Si se puede, tómense toda una tarde con parte de su noche del fin de semana, como lo hacían antes. Busquen el apoyo de familiares o personas de confianza para cuidar del bebé o del niño en esos momentos. Por ejemplo, a muchos abuelos les encanta estar con sus nietos (lo que no significa que se permita que ellos los críen). Esto ayudará también a que desde bebito, el niño sepa relacionarse con su entorno más cercano y no se limite siempre a su mamá. Además, el bebé vivirá la experiencia de que también puede apoyarse en otras personas que lo quieren, además de sus papás.

Durante la semana, después del trabajo o en algún momento libre, pueden ir a pasear o a tomar algo. Aquí no se trata de que se sienten en la mesa del comedor de la casa a escuchar música o a tomar un café. Lo más seguro es que la pareja sea interrumpida por el mismo hijo o que se la pasen hablando de las cosas que hay que hacer en la casa. De lo que se trata es que de vez en cuando se diviertan juntos, como lo hacían antes y como aún lo saben hacer.

Si no es posible apoyarse en nadie, ya que no hay familia de confianza y/o no hay recursos para contratar a alguien en esos momentos, pueden aprovechar los momentos en los que el bebé duerme para hacer algo juntos, aunque sea en la misma casa, si no hay más salida. Apenas el niño esté en edad para realizar actividades fuera (por ejemplo, el nido), pueden aprovechar esas horas para retomar sus momentos juntos y ver la forma de que se acomoden los horarios de trabajo a esta necesidad.

Traten de dejar todo listo para evitar interrupciones cuando salgan. Al comienzo será seguramente difícil mantenerse fuera de contacto con la casa, pero conforme se tome experiencia, habrá más confianza y seguridad en la responsabilidad de cada quien. De lo que se trata es de que los momentos juntos no sean perturbados, sin caer en la negligencia. Hay que hacer el acuerdo explícito con las personas que verán al bebé o al niño durante ese tiempo que si hay una situación que lo amerite ellos deberán comunicarse y no esperar a que sean los papás los que llamen. Esto permitirá que los papás puedan poco a poco olvidarse de estar llamando a la casa a cada momento para ver si todo anda bien.

Si hay deseos de pasarla juntos, pero cierto temor o inseguridad en uno o ambos papás, intenten salir sin alejarse mucho de la casa, de tal forma que si hay alguna emergencia, puedan acudir rápidamente. Más adelante, con más confianza y de repente con una situación más estable y segura, puedan alejarse un poco más o ir tranquilamente al teatro, al cine o a algún concierto, situaciones que implican una mayor desconexión y que despiertan también mayores temores.

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Sentir que no se puede

Muchas situaciones pueden generar la sensación de que no se puede hacer nada de lo dicho arriba. Una de ellas es la inseguridad. El miedo excesivo, esa aprehensión de padres que lleva a la sobreprotección puede volverse uno de los peores enemigos para la relación de una pareja con niños pequeños. Si alguno de los papás no puede dejar de tener miedo o inseguridad, no puede dejar de pensar en cómo estará el bebé o niño, no puede confiar en nadie que cuide de su hijo, siente mucha culpa por no estar con él y no puede disfrutar de estos pequeños momentos con su pareja, sin una razón suficiente que justifique estos sentimientos negativos, es preciso tomar el hecho como un problema y ver la forma de resolverlo.

Si pasa el tiempo y la situación no cambia y genera desgaste en la relación de pareja, aunque sea indirectamente, sería muy provechoso consultar el asunto con un profesional. Si uno de los papás no quiere hacerlo, no hay que temer hacer una consulta solo, como papá o como mamá, ya que se trata de la salud emocional de la familia, de la pareja, de uno mismo y del propio bebé. Lo más seguro es que el papá o mamá excesivamente temeroso esté arrastrando problemáticas anteriores, muy posiblemente ligadas a su propia infancia.

¿A dónde apuntar?
 
Una relación de pareja viva, apasionada y placentera ayuda a que estén contentos como papás y cumplan con su rol más despejados y con menos tensiones, además de que sean unos papás que se proveen de placer mutuamente y que se relacionan bien entre ellos.

En cambio una relación de pareja ahogada en la rutina, en los deberes y responsabilidades, sin momentos de soledad e intimidad fuera de las horas de sueño (que además son interrumpidas constantemente por las necesidades del niño), caerá más fácilmente en el tedio, en el hartazgo, en el aburrimiento, en la monotonía y en el sedentarismo. ¿Cuántas veces se ve a mamás o a papás que, habiéndose olvidado de que tienen una pareja sexual, acaban subidos de peso y en fachas cómodas pero impresentables, como si no existiera alguien del sexo opuesto a quién atraer? Este tipo de situaciones más bien atrae tensión, fastidio, estrés, depresión, y los papás pueden acabar cumpliendo su rol de padres cargando afectos negativos, que evidentemente su hijo percibe, por más que se esfuerzen en ocultarlos.

Muchas veces, lamentablemente, he visto a niños diciéndome que por su culpa sus papás no están contentos entre ellos, otras tantas veces acompañado esto del clásico “mejor no hubiera nacido” o “¿para qué nací?”. Hay que evitar estos resultados, y ¿qué mejor forma que simplemente pasándola bien juntos?


Diego Fernández Castillo
Psicoterapeuta
diego.fernandezc@pucp.edu.pe

4 nov. 2011

Sugerencias para enseñar a niños y adultos con autismo


Para los papás de niños con autismo que todavía no conozcan la vida y obra de la profesora Temple Grandin, les dejamos este artículo escrito por ella:


En general, se recomienda que si sus lecturas o sugerencias de terceros les dan ideas para aplicar con su hijo, siempre compartan dichas ideas con los profesionales que lo están tratando. Podría darse el caso de que alguna sugerencia funcione para la mayoría de casos, pero no para alguno en particular, que bien podría ser el suyo. O también podría darse el caso de que el médico o terapeuta que ve a su hijo los ayude a adaptar su idea a la realidad particular de su niño, haciéndola aun más efectiva.